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Jaime Colín, metáforas visuales para decir el antropoceno

(foto: cortesía del artista)

(texto: Héctor Julián)

Hace unos días visité en la Sala de Proyectos Tikal en Tepoztlán la exposición Fragmentos para un atlas del antropoceno de Jaime Colín. Fui por dos motivos. Uno, para celebrar que en Morelos expongan arte contemporáneo en municipios que no sean Cuernavaca. Y dos, para comprobar una hipótesis. Pienso que en la obra de Jaime hay montones de indagaciones de geopoesía.

Me gusta estudiar cartografías, me gusta [h]ojear y analizar atlas hasta el lagrimeo. Comulgo con Graciela Speranza cuando dice en Atlas portátil de América Latina que un mapa es “material infinitamente apropiable para desnaturalizar los órdenes instituidos, tender pasajes en fronteras infranqueables”.

¿Qué pasajes tienden las piezas de Jaime?

La expo está constituida por tres cuerpos de obra. En el primero, hay representaciones de erupciones junto a estallidos atómicos. Los cortes transversales de chimeneas volcánicas culminan en humaredas kilométricas, diluvio que vuelve baldía la tierra. Superpuestas, hay formas que remiten a un tiempo instantáneo, a conflagraciones que duran un latido. La materia tenue es análoga a la onda expansiva del magma: son los momentos de una explosión nuclear. La metáfora de esas dos fuerzas, geológica y tecnológica, se acentúa en la pieza que atrapa más mi mirada: en un fondo negro, líneas bicolores remiten a un contagio arbóreo, ramificado, donde piroclasto y radiación se han extendido por el espacio. Si el antropoceno fuera persona y tuviera firma así sería, pienso.

En otra sección hay collages de distintos materiales: madera quemada, papel amate, acrílico, chapopote, hoja de oro, aluminio. Las vistas aéreas, parcelas del terreno, revelan resquebrajaduras, desgarros, huellas carbonizadas. Jaime bautiza a esas piezas como Cicatrices del territorio. Las vetas de la madera constituyen áreas, algunas acentuadas con color. Me hacen pensar en quebrantaderos crecientes entre el trazado tecnoagrícola. También me remiten a las distintas formas en que la actividad humana deja fisuras profundas en la corteza del planeta.

La sección que pasé más tiempo contemplando consiste en impresiones foil y acetatos. Las piezas tienen el nombre colectivo de Cartografía agrícola. Están enmarcadas en formato más pequeño y para apreciarlas tengo que asomarme. El gesto del espectador se vuelve reflejo por la propiedad del material. Me veo a mí en el espacio de representación. Pienso que mirada y cuerpo constituyen otro plano de yuxtaposición. Mirada y cuerpo son también habitantes del atlas.

Las  piezas de Jaime Colín me llevan a considerar al territorio como una gran criatura que nunca está quieta. Otro cuerpo que habitamos. Y que laceramos, desgarramos, ulceramos con nuestras industrias. 

En el cuerpo dejamos cicatrices.

Estoy ante geopoesía que me revela las relaciones extractivas que tengo con la tierra que habito.

Sigan a Jaime Colín en su instagram.

(2026.05.30)